Flotando en el infinito, como una esfera vacía, resplandeciente de luz. Así nos movemos, aleatoriamente en el espacio. Creando coincidencias, casualidades. Chocando los unos contra los otros, como moléculas invisibles. Descubriéndonos en el intento, definiendo nuestra forma en cada roce.
Muriendo, sobreviviendo. Haciendo, deshaciendo. Cambiando continuamente, manteniendo tan solo una esencia, un fino hilo conductor, que una todas nuestras vidas, en un flujo de luz infinito, una onda que resuena a través del universo.
Son ciclos, siempre ciclos, todo nace, se desarrolla, muere y vuelve a nacer. Patrones de funcionamiento sistémico, entre los astros que conforman el universo, entre los seres vivos dentro de un planeta, entre las células que conforman un ser vivo, entre los elementos que conforman las células, entre los átomos que conforman un elemento, una energía transversal que lo une todo.
Son redes, y más redes. Redes de redes, que comunican todo. Redes en un ecosistema, redes de comunicación, redes de trasporte, redes de intercambio de dinero, redes de poder, redes neuronales, redes.
Todo naturaleza. La matemática la mide. Números exactos, precisos, que describen un funcionamiento. Fractales, escalares, ¡espirales! Formas divinas, sagradas, geometrías de dios. El número de oro, proporciones divinas, nunca fallan, perfectas. Definen dimensiones, patrones de crecimiento, de funcionamiento, replicación de células, definen la vida.
Patrones, números, redes, ciclos, vida, muerte, uno en miles de millones, un haz de luz flotando en el infinito…

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