domingo, 30 de junio de 2013

Bután

Durante un foro del banco mundial que se celebró en febrero de 2002 en Katmandú, en Nepal, el representante de Bután, reino himalayo de las dimensiones de Suiza, afirmó que, si bien el índice de Producto Interior Bruto (PIB) de su país no era muy elevado, en cambio el índice de la Felicidad Interior Bruta era más que satisfactorio. Su observación fue acogida con sonrisas divertidas en público, y entre bastidores se burlaron de él. Pero los mandamases de los países “superdesarrollados” no se imaginaban que los delegados butaneses sonreían con una mezcla de diversión y desolación. Se sabe que, si bien en Estados Unidos el poder adquisitivo ha aumentado un 16 por ciento en los treinta últimos años, el porcentaje de personas que declaran ser “muy felices” ha bajado del 36 al 29 por ciento.


¿No es una singular muestra de falta de perspicacia pensar que la felicidad sigue el índice Dow Jones de wall street? Los butaneses mueven la cabeza con incredulidad cuando les hablan de personas que se suicidan porque han perdido parte de su fortuna en la Bolsa. ¿Morir a causa del dinero? Si sucede eso, es que no se ha vivido para gran cosa.

Buscar la felicidad en la simple mejora de las condiciones exteriores equivale a moler arena esperando extraer aceite. Recordemos la historia del náufrago que llega a la playa desnudo y proclama: “llevo toda mi fortuna conmigo”, pues la felicidad esta en uno mismo, no en las cifras de producción de las fábricas de automóviles. Así pues, no es de extrañar que nuestros amigos butaneses consideres zafios a quienes solo tienen ojos para el crecimiento anual del PIB y se sienten unos desgraciados cuando baja unas décimas. Y no estaría mal que las eminencias del banco mundial, olvidando un poco su soberbia, examinaran más detenidamente las decisiones que Bután ha tomado tras maduras reflexiones, y no simplemente porque no tenía otra elección. Entre dichas decisiones figura la de dar prioridad a la preservación de la cultura y del entorno sobre el desarrollo industrial y turístico.





Bután es el único país del mundo donde la caza y la pesca están prohibidas en todo el territorio; los butaneses han renunciado, además, a talar árboles, todavía muy abundantes en sus bosques. Un gran contraste con los dos millones de cazadores franceses y con la avidez de los países que acaban destruyendo sus bosques después de haberlos reducido considerablemente, cuando no devastado, como en Brasil, Indonesia y Madagascar. Bután es considerado por algunos, un país subdesarrollado (solo hay tres pequeñas fábricas en todo el país), pero ¿desde qué punto de vista es subdesarrollado? Por supuesto, hay cierta pobreza, pero no miseria ni mendigos. Menos de un millón de habitantes dispersos en un paisaje sublime de quinientos kilómetros de largo, con una capital, Timbu, que cuenta con solo treinta mil habitantes. En el resto del país, cada familia tiene sus tierras, ganado y un telar, con los que cubren prácticamente todas sus necesidades. Solo hay dos grandes almacenes en todo el país, uno en la capital y el otro cerca de la frontera india. La educación y la sanidad son gratuitas. Como decía Maurice Strong, una persona que en su tiempo ayudó a Bután a ingresar en las Naciones Unidas: “Bután puede llegar a ser como cualquier otro país, pero ningún país puede volver a ser como Bután”. Seguramente le gustaría preguntarme en un tono dubitativo: “Pero ¿está contenta de verdad esa gente?” Siéntese en la ladera de una colina y escuche los ruidos del valle. Oirá gente cantar en la época de siembra, en la de la cosecha, mientras va de un sitio a otro. “¡Déjese de imágenes edulcoradas!”, exclamará. ¿Imágenes edulcoradas? No, simplemente un reflejo del índice de la FIB (Felicidad Interior Bruta). ¿Quién canta en Francia? Cuando alguien canta en la calle. O es para pedir dinero o es porque le falta un tornillo. Si no, para oír cantar, hay que ir a una sala de espectáculos y pagar la entrada. Interesarse exclusivamente por el PIB no hace que a nadie le entren muchas ganas de cantar.

Matthieu Ricard – En defensa de la felicidad.

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