Vivimos en burbujas. Siempre fue y será así. Cada persona vive dentro de su percepción. Todo es relativo, y cambia según nuestra subjetividad. Cada persona es un mundo, como dice el maldito marketing de Personal. Me toco nacer en la burbuja de los ricos, de los que les falta poco y les sobra mucho, de los que nos quejamos por estupideces. De los que marginamos y criticamos sin explorar la realidad del resto. Pero un día estuve preparado para sacarme la venda de los ojos y visite la “contraburbuja”. Era una burbuja completamente distinta a la mía, opuesta. Y como ustedes saben cuando dos burbujas se chocan pasan dos cosas, a veces se unen y a veces explotan. Piénsenlo como quieran, lo que pasa al fin es que la realidad se agranda, y mucho.
Hoy me tocó visitarla de nuevo. Fue hermoso, una inyección de vida.
Lo que más me sorprendió fue la mezcla de cosas que se pueden ver en un mismo lugar. Por un lado se ven familias, que se aman, y mucho. Hermanos que se cuidan los unos a los otros, tirando un carro durante el día juntando cartón, juntando la plata para que los otros puedan ir al colegio, y ayudándolos con la tarea a la noche. Madres demasiado jóvenes para terminar el secundario cuidando a sus hijas, dándolo todo por ellas. Vecinos ayudándose entre ellos a defenderse o defender a sus hijos cuando es necesario. Pero así como un ingrediente agrio que arruinaría cualquier comida, de alguna forma se ha logrado infiltrar en nuestra sociedad, a modo de peste, un elemento mortal. La violencia. Amor y violencia en las villas van de la mano. Nadie parece ser violento pero todos lo son. Todos tienen sus corazones llenos de amor, pero también de violencia. Y eso se traslada en actos. Así como el violador que recibe una golpiza hasta quedar sin rostro, como la niña que intentó ser violada por él, o también el padre de familia que le pega a la madre y a los hijos, o el amigo que recibió un tiro de una 22 en la espalda y zafó porque la bala “rebotó”, o la pandilla que se tiroteó con otra dejando un par de muertos, que luego una madre llorará con desconsuelo, o los pendejos que se tirotean con la policía y luego esta a modo de recompensa, los golpea haciéndolos volar por el aire y pateándolos una vez en el piso, llevándoselos para seguir con la golpiza en un espacio no público. Así como la frase “si ellos nos tiran una piedra nosotros les tiramos 2”, así con todo, violencia presente, en demasía, siempre.
Es increíble como en este mundo conviven estos dos polos, diametralmente opuestos, compitiendo por las vidas, día a día. Pero el balance es bueno, y mi optimismo sobrevive. Creo que de alguna forma, que de a poco la vamos encontrando, ese agrio ingrediente puede ser removido, con una especie de quelación, proceso lento, pero sanador en su esencia. Y cuando ya no esté no quedará más que lo rico, lo sabroso, lo lindo. Hermanos cuidándose los unos a los otros, tirando todos del carro para el mismo lado.
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